
Monterrey.- La llamaré la maestra Lupita, por aquello de cambiar el nombre para proteger a los inocentes y ahora resguardar los llamados datos sensibles. Ella estaba formada delante de mí en la larga fila, para solicitar el medicamento en la farmacia de la clínica de la colonia Mitras, de la sección 50 de maestros.
Quién sabe cómo comenzó la plática y siento que fui como su confidente, ese hombro que a veces necesitamos para llorar, su “bote de basura”, dicen los psicólogos, o “su paño de lágrimas”, como dirían los poetas.
Aclaro que nada de lo que me dijo me afectó, porque padecemos la misma situación, la innegable y nombrada escasez de medicamentos. Por el contrario, me siento bien por haber contribuido a liberar su estrés, su testimonio es real, certero, contundente, inexorable, desesperado, innegable.
Está demás decir que en esta pugna con respecto al pésimo servicio médico que tenemos los maestros de Nuevo León, se desbordan siempre la rabia y la impotencia, pero nada puedes hacer. Mientras que los líderes sindicales y anexas, responsables directos de esta escasez de medicamento se dan “golpes de pecho”, arguyendo que todo está bien, pero la inicua realidad que acontece en la clínica de la colonia Mitras dicta otra cosa.
La maestra Lupita comenzó diciendo que venía de la otra clínica, que está por Lincoln, y cuyo rimbombante nombre es CEM (Centro de Especialidades Médicas), que también deja mucho que desear en cuanto al servicio médico que presta. La maestra Lupita expresó que tenía varios meses esperando un medicamento controlado (igual que yo), que todavía no le entregan.
Fue a quejarse a subdirección médica, pero de nada le valió ante el cinismo de la coordinadora encargada, quien le terminó diciendo que hiciera un oficio de queja y lo enviará al sindicato. Estuvo a punto de darle una bofetada a la flamante coordinadora, según dijo.
Otro detalle fue que no le quisieron dar un medicamento, que por suerte o azar había en la farmacia, el cual estaba esperando desde hace dos o tres quincenas. El motivo fue que tenía fecha del día siguiente, por eso no se lo entregaron y ya no quiso ir a pelear otra vez con la coordinadora.
Cabe señalar que la maestra Lupita vive hasta Cadereyta y forzosamente tendrá que venir mañana, a ver si encuentra el medicamento, porque comúnmente se termina en pocas horas y a veces nadie sabe adonde va a parar; bueno, sí: a los allegados, protegidos y familiares de los empleados de la farmacia. Me consta.
Volviendo a la clínica de Mitras, sucedió algo semejante. Sólo le entregaron un medicamento de todos los que necesitaba, y lo más serio fue lo de unas ampolletas que le habían recetado, carísimas, por cierto, y le habían entregado solamente dos de las siete que le recetó la especialista, ya que habían desaparecido en el sistema (siempre dicen eso: “así está en el sistema”, “el sistema no lo permite”. Pues cambien el pinche sistema y listo; pero no, le echan la culpa a un restrictivo sistema creado por humanos, que no te permite, por ejemplo, consultar si estás enfermo y ese mismo día tienes una cita médica).
Entre otras cosas graves que me platicó la maestra Lupita, destaco la siguientes: algunos médicos atienden en sus consultorios privados, cobrando lo que quieren, y si hay una cirugía que hacer, la realizan en el quirófano de la clínica de Mitras, para que le salga “más barato” a los profesores, a quienes ya les sacaron una buena tajada de lana.
Según ella, otro especialista le pidió 15 mil pesos, para programar en una semana una cirugía de cervicales que la maestra requería. (También yo tengo un serio problema en mi cervicales, pero decidí no operarme, por poderosos motivos que ya les contaré en otra ocasión.)
También comentó que en el susodicho “sistema” agregan injustamente a los conocidos y les otorgan las primeras fichas, porque es raro que a los no tan conocidos como nosotros, nos toque siempre de la ficha ocho o diez en adelante. Esto no me consta.
Por último, la maestra Lupita le dijo a la empleada de la farmacia, que entre “no aparece en el sistema” y el desabasto de medicamento, estamos jodidos. La gordibuena muchacha, con su trajecito de enfermera, le dice a la maestra con una sonrisa fingida que tiene que volver a hacer cita con el especialista, para que le agregue de nuevo a las ampolletas, o ir a coordinación médica, a ver si el maestro no sé qué le arregla de una vez, pero que llegaba hasta las diez (y apenas son las ocho y media de la mañana).
Haciendo un mohín de disgusto y una rabieta más, la maestra Lupita se dirigió, roja por la ira, hacia la puerta de salida por aquel incómodo pasillo convertido arbitrariamente en sala de espera.
La conclusión a la que uno llega en estos casos es que en esta desesperante y descuidada clínica, por razones obvias, sale uno más enfermo de como llegó.