
Monterrey.- Este, “ah, mundo hediondo”, como decía aquel viejo y pícaro animador que salía en la tele, irremediablemente se ha convertido en un departamento de quejas; qué digo departamento, en una dependencia de quejas; qué digo dependencia, en un manantial de quejas; qué digo manantial, en un río de quejas; qué digo río, en un océano de quejas; qué digo océano, en un planeta de quejas; qué digo planeta, en una galaxia de quejas; qué digo galaxia, en un universo de quejas; en fin.
Todos, absolutamente todos los seres humanos nos hemos quejado por lo menos una vez al día por cualquier “endejada” y hemos “pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”. Sí, se quejan los bebitos por su “bibe” o por su “chiche”; los nenes y nenas porque no les compran algún juguete que les gusta; los jovenzuelos porque no los dejan salir a la calle o ir a una fiesta; las esposas por sentirse siempre insatisfechas; los esposos por ser incomprendidos; los abuelos y abuelas porque no los dejan hacer sus chifladuras; las suegras porque no las quieren; y el resto de los parientes se queja cotidianamente por cualquier simpleza.
Se quejan los artistas porque nadie los “pela”; los políticos, porque nadie cree sus mentiras; los cantantes chafos, porque nadie los oye; los profesores, porque los alumnos no aprenden; los alumnos, porque los profesores no enseñan; los sacerdotes, porque nadie sigue los preceptos de la iglesia; los amigos, porque siempre los traicionan; los enemigos, porque no logran sus perversos fines; las personas que se ven envueltas en una injusticia; los escritores, porque nadie lee sus libros; en fin.
Pero que un hijo se queje porque piensa que sus padres no lo aman ni lo apoyan, porque no le cumplen sus caprichos; o los padres y madres, porque sus hijos les salieron “malitos”, cuando ellos son los responsables de su formación; o un esposo, porque se siente oprimido, cuando en realidad es un cabrón; o alguien que te ha olvidado y te dice que te extraña y tú ni en cuenta; o que un examigo se queje y hable “pestes” de ti, después de que te traiciona; o enojarte cuando te excluyen, a sabiendas de que tú tienes el poder de excluirlos a ellos; o que cualquier humano torpe, que reniegue por haber nacido, ¡eso sí no tiene madre!