RODRIGUEZ29112024

MICROCUENTOS PARA PENSAR
Los didis también roban
Tomás Corona

Monterrey.- Indudablemente la ciudad de las cada vez más invadidas e inmoladas montañas se percibe envuelta en la corrupción. Hace días aconteció un hecho desconcertante para mí, quizá por mi condición de ser un tanto tecnofóbico, pero las circunstancias cotidianas te obligan a utilizar invariablemente la tecnología.

Solicité un taxi de la empresa Didi, y después de dos cancelaciones, por fin apareció Pascual, un viejón simpático y bonachón, con su coche nuevo, que de inmediato comenzó a hacerme plática, después de mencionar mi nombre. En ocasiones uso el democrático camión, pero habían pasado exactamente treinta y siete minutos de espera de la fallida, descuidada y destartalada ruta 2, otrora eficaz y eficiente.

Todo iba bien, de pronto don Pascual me dice que nos iríamos por Morones Prieto, porque la ruta por Madero, la que regularmente siguen los taxis hacia mi casa, le marcaba demasiado tráfico en el celular, eso sin contar todo el desmadre que se hace frente al parque fundidora, por las inconclusas obras del metro (que tampoco estarán listas las líneas para el mentado mundial). Confío en él y seguimos la ruta no marcada.

De pronto reaccioné y me percaté que estábamos detenidos en un río de tráfico, seco, como el Santa Catarina, porque nada fluía y no se movía ningún automóvil, generando una total y desesperante inactividad vehicular, un largo estacionamiento, dicen, aunque el reyezuelo se empeñe en decir que muy pronto Monterrey será la ciudad con mayor movilidad del país, del mundo, e incluso de todo el universo, aunque solo él se lo crea.

El amigable taxista seguía con su amena plática, mientras yo comencé a inquietarme. Pasaron 48 minutos durante el tramo de Zaragoza a Revolución, moviéndonos a paso lento, o a rueda lenta, mejor dicho, y había ratos en que la inmovilidad era bastante notoria. Me desesperé, pero el señor chofer permanecía incólume, y empecé a sospechar que el irnos por la ruta más transitada, simulando que era la más rápida, él ya lo sabía.

De repente dice que nos vamos a ir por Revolución, hasta José Alvarado, porque si no nunca íbamos a salir de allí, y vuelve a romper la ruta marcada. Al parecer todo se recompuso y por fin, después de casi una hora de camino, llegué a mi casita.

Y al final, ¡oh, sorpresa! La moraleja del cuento resultó cruel, injusta, demoledora para mi bolsillo. Por una supuesta nueva cláusula que tiene esta fantasmal agencia de renta de taxis, consistente en incrementar el costo del viaje por tiempo extra o por exceso de tráfico, la tarifa se quintuplicó. Y de los 70 pesos iniciales que me iban a cobrar, se incrementó a 350. Tampoco pude saber si lo del “buen Pascual” fue una inocentada, ladinez o mañosidad del ahora pin… vejete aquel. Por razón necesaria me acordé de su abnegada madrecita. Si él me hubiera dicho que la tarifa iba a subir tanto, me hubiera ido caminando. ¡Se los juro!