
Monterrey.- Chocante, hasta su timbre de voz se escucha acidulado, fingido y desquiciante.
Sangrón e impertinente, sin pensar que tarde o temprano acabará en el panteón. Soberbio, vocifera cada vez que abre la boca y no le tiembla el nervio.
Petulante, con dinero mal habido es fácil ataviarse y vestir elegante. Engreído, presume su poderío y le fascina y cautiva todo lo fingido. Narcisista, es un naco vulgar, un pobre tipo, pero se siente artista. Doctorado, con fútiles diplomas enmarcados con falsedad y deshonor, que muestra sin enfado.
Hipócrita, viviendo feliz e impunemente en su realidad apócrifa.
Espurio, prometía mucho, pero inició su gestión con un mal augurio.
Falaz, un simple engañabobos, nada por delante, todo por detrás. Ridículo, para nada se ve bien con sus disfraces trepado en su montículo.
Embustero, habla y habla y habla y cae siempre en el mismo agujero. Insidioso, teje absurdas tramas en su discurso político, ambicioso.
Infamante, no se da cuenta de sus injurias en su actuar veleidoso y delirante. Engreído y pedante aunque eso, de ninguna manera le quita lo bandido. Ocioso, acicalando su finura y contando sus tesoros, pernicioso.
Fanfarrón, alardea con megaproyectos que no existen, obsesionado y sin razón. Jactancioso, sabe lo mismo de política, que aquel tragicómico bailarín oso.
Fatuo, va regulando entre fulgores estériles, todos sus aberrantes actos. Abominable, por su proceder malsano, inicuo y deleznable.
Mitómano, ya nadie cree las falacias de ese insoportable megalómano