
Monterrey.- Viendo las fotografías que circulan en noticieros y redes digitales sobre las muertes de gazatíes que van en buscan de comida por parte del ejército israelí, uno no puede evitar sentirse conmocionado por la brutalidad de tales ataques, en especial cuando vemos que una buena parte de estas muertes son de niños. Ubicamos en esas imágenes el dolor de los deudos de los caídos, mientras buscaban desperadamente alimento o agua. Esta guerra, como todas las guerras, tiene sus horrores; solo recordemos los crímenes nazis en la segunda guerra mundial, masacres absurdas y crueles que están en nuestra memoria histórica y nos recuerdan que la brutalidad humana solo espera la oportunidadad para salir a la luz. En este punto es también necesario recordar que la niñez encierra el lado humano más maravilloso y fundamental. Un destacado intelectual norteaericano como Michael Tomasello, nos dice en un texto de su autoría, que el aprendizaje humano es semejante al de animal, ello en las primeras etapas del ser humano. Un cuervo, un osezno o un primate tienen muchas cosas en común con nuestra especie, y no es sino hasta una etapa que diremos de adolescencia, cuando comienza a diferenciarse plenamente el humano del resto de los animales, con la llegada de eso que llamamos cultura. Desarollamos, incluso antes de la adolescencia, según Tomasello, el sentido y el significado de nuestras acciones, y por supuesto el sentido de lo social, la moral, el humor, entre otras muchas cosas. Sin embargo, la infancia es esa etapa donde podríamos decir que estamos hermanados de una manera más clara con nuestros semejantes del mundo animal, no siendo precisamente una situación de comunicación especial, o conexión con ellos, pues aprendemos más o menos de una manera similar. Aun más, podríamos señalar también que la infancia es una etapa “plástica” del ser humano, que es necesaria para la conformación de la cultura. De tal manera que una infancia vivida de manera segura y con los suficientes estímulos es la base para un adulto que está bien adaptado a su medio social y cultural, que puede contribuir de manera significativa a su entorno. Otra idea en este tenor viene de más atrás, para ser precisos, del siglo XVIII, con el pedagogo suizo J.H. Pestalozzi, quien defendía la idea de una niñez no solo cultivada en la ciencia y la razón, sino también con un sentido moral. Para ello, observaba el suizo, era neesario también cuidar el entorno en el cual crece el niño, así como el amor de la madre y los maestros. En su ideario Pestalozzi define una idea de eduación, que si bien chocaba con los ideales de la Ilustración, ponía en relieve eso que ahora llamamos infancia y la importancia de condiciones que posibiliten esa formación infantil.
Volviendo a Gaza, en Palestina, es posible encontrar reflejada en esa guerra dos temas o cuestiones principales: por un lado el crimen, que significa destruir la infancia de un niño/a asesinando a sus padres; por el otro, perpetuar los contextos de pobreza y hambre devenidos de un conflicto armado. El llanto y la angustia de los niños de Gaza nos mueve a la acción y la protesta, por ellos y por todos los niños en este planeta que sufren estas condiciones. Igualmente, analizar y atacar las causas de éste y cualquier otro conflicto es necesario. Realmente los niños de Gaza se convierten hoy en símbolo de la amputación espiritual de la infancia, y la dolorosa perspectiva que supone el desarrollarse como adultos con resentimiento y odio. Miremos también a nuestras tierras, a nuestro país para observar a nuestra niñez que crece en medio de la inseguridad. Todo un caldo de cultivo para un futuro dominado por la violencia.