RODRIGUEZ29112024

La permanencia de Babel
Luis Valdez

Monterrey.- El pasado domingo me tocó escuchar en un evento del Museo de Culturas Populares, poemas del reciente libro de Jaime Arreola, cantautor urbano bluesero. Si sumamos todo esto, es un cronista.

Jaime Arreola es nacido en Torreón, Coahuila, pero siempre como un pez en el agua entre las calles de esta Babel materialista que es Monterrey.

La palabra Babel es pretenciosa desde su mito. Una torre como proyecto comunitario que llega a ser un proyecto tan grande y ambicioso que deja de ser comunitario. Un ejemplo de que un engranaje ampliado en demasía, cada vez está más lejos del individuo y más cerca de las garras del poder.

Porque al sistema de poder, le dan desconfianza los grandes proyectos surgidos de la misma gente. Por eso en cuanto tiene estos ladrillos demasiado cerca, a su alcance, recurre al sabotaje.

Y por supuesto que en Monterrey el sabotaje no es nada nuevo ni para los poderosos ni para la gente de a pie y con el corazón al ras del suelo.

El poemario de Jaime Arreola se titula Los caprichos de Babel, y no habla precisamente del poder –o no solamente de eso–, pero sí de la ciudad, las calles, los corazones encontrados y desencontrados, la soledad, la honestidad, y para no sacar toda la morralla de conceptos urbanos de la alcancía, recorto fácil con existencialismo del funerario sentimental(1) dándose de patadas con un romanticismo bluesero(2).

Desde su paso por el grupo Subterraneón, Jaime ha manejado un contenido literario formal (incluso poemas de Alfonso Reyes), no como experimento ni propuesta, sino como contenido mismo. Que el arte de la poesía no sea sólo poesía de atril o de antologías con portadas bonitas, sino que realmente sea utilitaria.

Porque la poesía ya no está en las calles.

Porque la poesía(3) cada vez se queda más impregnada como loción de Fabuloso cuando trapean una oficina burocrática cultural, o en el programa de una feria de libro, que siendo escuchada en la calle o en un bar.

Cuánto mal hemos hecho con la poesía, vistiéndola hoy de puta fina, más que de amiga y cómplice cotidiana.

Otros grupos que ha propuesto Jaime Arreola, como “Prófugos” y “Turnera Diffussa”, fueron igualmente tan enérgicos en sus letras como en sus voces. Jaime sabe elegir muy bien a las mujeres que cantarán sus canciones noche tras noche, en bares, tertulias y si la burocracia dobla sus manitas de puerco, en centros culturales.

El problema que tengo para digerir algunos poemas de este libro, y otros que han aparecido antes en revistas como Grafógrafos y en libros de antologías regionales, es que siendo un consumidor de cerveza en espacios de horario nocturno, lo que más le he conocido son sus temas musicales. Involuntariamente –y también caprichosamente– busco el blues donde no es una obligación que deba haberlo. Soy un consumidor de arte, viciado, y un consumidor de cultura urbana, vicioso.

Y en ese debate de averiguar algún día si soy más viciado que vicioso, me quedaré con la inquietud por el orden de los poemas en el libro. Por cronología, por sentimientos, por publicaciones en otros espacios o posiblemente por temporadas del año. Puede que no tenga importancia, pero en mi incertidumbre de lectura siempre quiero pensar que el orden lleva a algo.

Y sobre “ese algo” hay muchas cosas. Como las que se manejan, quizás a bocajarro en el poema “A la orilla del tiempo”:


Se derrumban los mitos de la era/ y la historia se vuelve blasfema,/ verdades y posverdades en pugna constante/ la comicidad y la tragedia se abrazan como cómplices en el gran teatro del mundo.
Eso es justo sobre lo que Jaime ha escrito y cantado desde los años 90s. El gran teatro del mundo.
Todo sabe a nada, y nada sabe a todo/ la frivolidad es la tabla de la salvación/ de las masas, y navega por aguas revueltas, /sin brújula y sin destino.
(...)
La paz es la guerra.


La próxima vez que me tope con Jaime Arreola, seguramente será en esta ciudad y en estas noches. Todavía soy incapaz de leer su obra a media mañana o a la hora de la merienda. Creo que finalmente me he descubierto como un animal programado. En nuestro afán por no ser una criatura urbana de rutinas, descubrimos que en la noche también hay rutinas. Que resulta más fácil –¡un juego de niños!– escapar del día, pero no así de la ciudad.

La flaca esperanza se muere de hambre/ en las desoladas calles de Babel/ donde los escombros son de carne y hueso.

Notas
(1) ¿Puede una ciudad utilitaria como Monterrey al menos rendir homenaje a los sentimentalismos en su funeral? ¿Al menos Monterrey tendría la decencia para eso?

(2) Novalis, Baudelaire y Shelley, habrían tenido una muerte sabrosa ecuchando Blues. Novalis pasó el portal escuchando notas de piano. Perdieron su oportunidad.

(3) La de Alfonso Reyes, insisto.


Los caprichos de Babel, Jaime Arreola. Editorial: Lenguas Dispersas / Vortoj Editores. Marzo, 2025. Primera edición.