RODRIGUEZ29112024

Eulalia, la del buen decir
José Ángel Pérez

(Con tu permiso Octavi Fullat)

Monterrey.- Corría el año de 1982. El sol del mediodía caía sobre los patios de la querida Escuela Normal Superior Prof. Moisés Sáenz Garza donde servía como joven maestro de Física en los añorados Cursos Intensivos. Me encontraba en el laboratorio de Física y Química —ese santuario de tubos de ensayo, substancias diversas, termómetros, aparatos de Cowan, y fórmulas escritas en un pizarrón— cuando sucedió algo digno de anotarse en las crónicas escolares.

Habíamos culminado la primera mitad de la jornada y se acercaba la hora del almuerzo. Aquél era un día especial, pues la encargada de la comida era la maestra Mary, nuestra entrañable jefa de laboratorio, conocida entre nosotros, además de sus conocimientos de química, por sus dotes culinarios casi alquímicos. Su sazón lograba que olvidáramos, aunque fuera por unos minutos, las ecuaciones diferenciales y la falta crónica de reactivos y materiales más precisos para los experimentos de física.

Mientras esperábamos que la maestra Mary nos sirviera su aclamado platillo del día, un grupo de compañeros maestros comenzó a comentar, con la mezcla habitual de asombro y picardía, sobre una alumna que había irrumpido en el aula del maestro … —el encargado del curso de Física Moderna— como si fuera una especie de partícula rebelde en medio de un campo magnético.

—¿De dónde es? —pregunté con curiosidad genuina.

—No lo sabemos —respondieron, encogiéndose de hombros.

Al parecer, aquella estudiante no sólo participaba activamente en clase, sino que lanzaba intervenciones que incomodaban y, a la vez, asombraban. Su mirada crítica se había posado, sin temor alguno, sobre la administración escolar, los métodos pedagógicos, la carencia de tecnología y, de paso, sobre el sistema educativo entero de Nuevo León.

—¿Cómo se llama? —insistí

—Se llama Eulalia —me dijeron.

—¡Eulalia, la del buen decir! —exclamé con emoción que aún no sé si fue pedagógica o poética.

Desde entonces, esa Eulalia quedó grabada en mi memoria como símbolo de la estudiante crítica, valiente, incómoda —en el mejor sentido—, como esas voces que, en lugar de repetir, se atreven a pensar.

A lo largo de mi vida académica —en Primaria, Secundaria, Preparatoria, Licenciatura, Maestría y Doctorado—tuve la fortuna de conocer a muchas otras Eulalias y Eulalios. Son ellas y ellos quienes dieron sentido a esta noble vocación de enseñar: los que preguntan, los que retan, los que incomodan… los que enseñan al maestro.