
Guillermo Berrones: El cantor de lo invisible
Monterrey.- Nacido en la entraña polvosa del Rancho Santa Teresita, en Ciudad Victoria, Tamaulipas, Guillermo Berrones es un árbol que echó raíces en la tierra roja del noreste mexicano y cuyos frutos maduraron al sol tierno de la nostalgia. Su historia no comienza en una biblioteca solemne ni en un recinto de letras consagradas: empieza en la Casa Hogar del Niño, donde la infancia se arropaba con la escasez y se alimentaba de esperanza. Allí, entre pupitres humildes y voces quebradas por el viento del abandono, Berrones dio sus primeros pasos académicos, como quien camina descalzo por un campo de espinas con la fe de quien sabe que los pies también sueñan.
Pero la verdadera escuela —la que forja la voz poética— no estaba encerrada entre paredes ni dictada por campanas. Estaba en el río. En el San Marcos, donde el niño se escabullía como pez rebelde para bañarse entre las piedras, dejando que la corriente le enseñara que todo lo que fluye tiene su canto. El agua, como la palabra, encontraba su camino. Y quizá fue allí, entre remolinos y libélulas, donde Berrones descubrió que el alma puede purificarse no solo con rezos, sino también con versos.
Tamatán era otra de sus aulas secretas. En los terrenos de la feria, bajo el fulgor de las luces artificiales y el eco de los tamborazos lejanos, el niño se asomaba entre rendijas, entre mirillas, junto a sus padres —quienes, aunque faltos de dinero, rebosaban dignidad y ansias—, para robarle al mundo un instante de belleza. Veía danzar al folclor huasteco como si fuese un milagro contenido en huaraches, faldas multicolores y violines de fuego. El arte, allí, no era privilegio sino promesa. Lo observado desde fuera se volvía propio en la memoria. Porque a veces basta mirar con el alma para hacer del espectáculo una herencia.
Estas escenas de su infancia, humildes en apariencia pero ricas en simbolismo, son las semillas de una obra que, con el tiempo, maduraría como maíz en agosto. Berrones no olvida su origen; lo lleva como una insignia. Su escritura está atravesada por la emoción del niño que no tuvo boleto, pero sí poesía. Por el joven que aprendió a leer entre voces que no sabían deletrear el futuro. Por el hombre que decidió convertir el corrido, la décima y el canto popular en estandartes de una cultura que merece ser contada no desde la periferia, sino desde el corazón.
Su admiración por Gabriel García Márquez, José Agustín, Haruki Murakami, Sor Juana y Carlos Fuentes no responde a una pose intelectual, sino a una búsqueda íntima. Del primero toma el realismo encantado, donde las memorias no son solo recuerdos, sino presencias vivas. Del segundo, la rebeldía y el lenguaje que desafía la norma. De Murakami, la soledad que baila en medio de lo cotidiano. De Sor Juana, la lucidez de quien escribe desde el margen, pero con el centro del mundo en su tinta. De Fuentes, la complejidad histórica como telón de fondo de la voz individual.
Sin embargo, lo que hace único a Berrones no es su herencia literaria, sino su mirada. Él ve el noreste como un universo lleno de símbolos. Ve en el rancho un templo, en la música norteña una epopeya, en el corrido una forma de resistencia. Sus textos son al mismo tiempo crónica y elegía, documento y oración. Y su narrativa, lejos de buscar el artificio, persigue la verdad: esa que se canta, se baila y se llora.
Que le hayan otorgado la Medalla al Mérito Artístico en 2025 no sorprende. Es un gesto de justicia, sí, pero también de reconocimiento a una vida consagrada al rescate de las voces que suelen quedar al margen. Porque Berrones no escribe para los grandes salones, sino para las plazas polvorientas donde aún se arrulla a los niños con coplas, para los bailes donde el acordeón es rey, y para las calles donde el canto popular aún se graba en la piel como tatuaje sonoro.
Y así, mientras otros buscan el canon, él construye un canto. Mientras otros repiten fórmulas, él abre surcos nuevos en la tierra de la literatura. Guillermo Berrones no escribe desde la comodidad, sino desde la herida, desde la carencia que supo hacerse fortaleza, desde la mirada de aquel niño que, con los pies mojados del San Marcos y los ojos encendidos por el folclor de Tamatán, ya intuía que el mundo, cuando se nombra con amor y con memoria, se vuelve más habitable. Y más nuestro.