RODRIGUEZ29112024

El día que regresamos el tiempo en la Secundaria Moisés Sáenz de Apodaca
José Ángel Pérez

Monterrey.- Desde pequeños hemos aprendido que las cosas se rompen, y que algunas, una vez rotas, no tienen arreglo. No sólo nuestra taza favorita hecha añicos sufre un proceso irreversible: al final, todo se rompe y nada escapa a esa ley universal —tu jarrón favorito, tu celular, tu automóvil, tú, el universo entero—. La irreversibilidad parece ser la huella del tiempo sobre la materia. Recuerdo que en mi querida secundaria Profr. Moisés Sáenz Garza de Apodaca, existía una sala de proyecciones, y yo era el encargado de proyectar las películas a mi grupo cuando algún maestro faltaba. Explorando un nuevo proyector, descubrí que la cinta (era un proyector fabricado en 1969), podía correrse en sentido inverso, y lo que se proyectaba resultaba cómico: vasos que se habían quebrado al caer al suelo se levantaban y sus fragmentos se recomponían sobre la mesa; personas caminaban hacia atrás; futbolistas que atraían el balón hacia sus pies después de haberlo pateado; comensales que sacaban la comida de la boca para devolverla intacta al plato, fumadores inhalaban el humo de regreso al cigarro. Las risas de mis compañeras y compañeros del grupo Primero A, eran tales que a veces el bullicio llegaba hasta la dirección, y entonces la función terminaba abruptamente. Todo esto muestra que los procesos físicos pueden recomponerse visualmente, pero no en una realidad que sólo avanza hacia adelante. En el mundo real, la reversibilidad no es posible: el tiempo no se detiene ni retrocede (Hawking, 1998; Prigogine, 1997). Las estrellas, por ejemplo, ilustran magistralmente este principio. Nuestro Sol —un astro en la plenitud de su vida, con aproximadamente 4 600 millones de años— aún tiene combustible para unos 5 000 millones de años más (Carroll & Ostlie, 2017). En su interior ocurren reacciones de fusión nuclear: dos átomos de hidrógeno se combinan para formar un átomo de helio, liberando una enorme cantidad de energía en forma de fotones y neutrinos. Esta energía sostiene su brillo y calor, pero, inevitablemente, el hidrógeno se agotará. Cuando esto ocurra, el Sol se expandirá hasta transformarse en una gigante roja y, finalmente, en una enana blanca: un cuerpo denso y frío, vestigio del tiempo y la entropía (Kaler, 2011). Así como los vasos rotos no se reconstruyen y las películas rebobinadas sólo nos engañan por un momento, el universo entero obedece al mismo destino: avanzar hacia estados cada vez más desordenados. La flecha del tiempo no se dobla, sólo sigue su curso.