RODRIGUEZ29112024

COTIDIANAS
¡Y que nos traemos la Copa de Oro!
Margarita Hernández Contreras

Dallas.- Hablemos del inusitado gusto que sentí cuando me enteré de que México venció a EU en futbol, ganándose la Copa de Oro. Los hermosos jóvenes de la selección nacional me provocaron un tremendo gustazo. Tengo algunos amores nuevos, cuyos nombres apenas aprendí ayer: Raúl Jiménez, Gilberto Mora y Edson Álvarez, y, como siempre, el muy lindo y experimentado Memo Ochoa (fue rencontrarme con un viejo amigo y tapatío como yo).

¿Qué puedo decir que sé de ellos? Nada. Solo decir lo que encontré en Google, en Wikipedia específicamente. Tristemente, enseguida se me enredan los detalles de sus historias. Tampoco sabía o había escuchado hablar del amigo de Jiménez, ese Jota, quien con su hermano murió en un accidente de carretera (como mis cinco bienamados en 2019). Luego me emocioné con el detalle de Raúl Jiménez, cuando celebró a su amigo muerto.

Vi y volví a ver una y otra vez los videos donde cantan el himno nacional. Vi repetidamente los goles de Jiménez y de Edson; vi al niño Mora acomodar la bola para que el compañero la metiera contundente en la portería. Y, cursi como soy, se me erizó la piel y me sentí feliz de ver tantas jugadas tan certeras. Estos chavos que dominan el balón con pies y cabeza son una elegante y magistral muestra de maestría y acierto.

Pero mejor lo confieso. Ser espectadora de los deportes no es mi onda. Nunca me han interesado. Soy casi antimexicana, porque por lo que he vivido, los deportes, en especial el soccer, lo traen los mexicanos en la sangre. Y lo viven. Lo sufren.

Un paréntesis: ayer vi un niño lindo, como de 10-11 años, recibiendo de regalo una camiseta (por qué usar la palabra jersey) del equipo de Guadalajara. Y al niño (Hernán se llamaba), regordete y aficionado de corazón, le temblaba la voz, casi llorando al dar las gracias a las Chivas por el regalo que ya se había puesto y diciendo “yo nunca me pierdo sus partidos”.

El momento de ver el gol, sobre todo si lo ejecuta México en escenarios internacionales, como en la Copa de Oro, es todo un deleite para mí.

En alguna ocasión fui a un partido en el antiguo estadio Jalisco en mi ciudad natal. Y, como digo, el momento del gol es lo que más me gustó. Después, indudablemente, el caudal, esa marejada de emociones desbordadas que me arrastró y me abrió la alegría y me supe público y me supe Chiva yo también y como cualquier aficionada (no me gusta la palabra ‘fanático/a’) enarbolé mi rivalidad contra los Cremas.

Y mi razonamiento me dice que todo esto es una tontería. Pero sea, el gusto por los espectáculos deportivos es una puerta de escape, de desahogo. Eso ni para qué negarlo. Se tiene el derecho a desfogarse y perder los estribos de vez en vez. Ayer yo sentí todas las emociones que viven mis coterráneos: el orgullo patrio, el orgullo por estos morros que llevan en alto su amor por este deporte; la belleza de esos goles. Me emocioné con el “masiosare”. Me hizo acordarme de mi padre, que nos decía a mi hermanita y a mí que cuando se escuchaba nuestro himno había que ponerse de pie y saludar a la bandera (yo no obedecí, pero sí me uní al coro de “al sonoro rugir del cañón”). Muy conmovida la señora.

Es su carácter humano lo que me conmueve. Es ver a cientos, a miles de personas de pie, ondeando su bandera, pintados los rostros de verde blanco y rojo, muchos llorando por la emoción. Con ello sí me identifico: los mexicanos tenemos una carga histórica de injusticias y lamentaciones que nos hemos abrazado al fut con el alma. Es en el fut donde sentimos la ilusión y el orgullo, porque esos chavos en quienes depositamos toda nuestra ilusión de salir triunfales, pese a los malos gobiernos que nos han puesto el pie en el cogote. Cuando anotan ese precioso gol y se llevan esa inmensa copa, pensamos que valió la pena depositar en ellos tanta esperanza de validación. Somos chingones, ¿a poco no?

Al final, en mi caso, ver un pedacito de algún partido, o ver los goles del partido México-Estados Unidos, yo revivo a mis seres queridos: a mi cuñado Lalo y a mis sobrinos Güigüis y Julio, aficionados de hueso colorado de este deporte. Imaginé las risas y la alegría de Lalo y los comentarios y chistes de los muchachos. Ellos saben de fut. Su papá sabía mucha historia de este deporte. Güigüis, de hecho, es entrenador de equipos infantiles y Julio una vez fue invitado a Londres a ver un partido del Manchester United. Eso tiene el futbol para alguien como yo, a quien los deportes le importan un bledo, pero que de vez en vez algo ocurre que se aglomeran en un gol las personas que he amado y amo, de un país que me corre por la sangre y de un pueblo con quien en ese momento grito ¡goooooool!