RODRIGUEZ29112024

Atención
S.M. Martin

Monterrey.- Se necesita respeto y humildad para entregarse sin que ni los sentidos ni la mente nos engañen, pues solo así podemos recibir auténticamente lo que el otro comunica. En la vida estamos rodeados de estímulos, opiniones y perspectivas que compiten por nuestra atención. En este mar de información, la manera en que miramos y escuchamos determina en gran medida la calidad de nuestros pensamientos y juicios. Saber mirar y saber escuchar no es sólo una habilidad, sino una actitud fundamental para evitar que nuestros pensamientos se vean sesgados por prejuicios, creencias previas o simples distracciones. Ahora mismo estas escuchando con tu propia voz esta narrativa; estás mirando las palabras que pierden su esencia abstracta al integrarse en el discurso que construye tu historia y tu experiencia previa. La mano de obra que construye este andamiaje significativo es la mirada que observa y que juzga. Saber mirar implica simplemente ver, contemplar, prestar atención a los detalles, a los matices, y a los contextos; mirar con auténtica curiosidad, sin juzgar. Eso nos permite descubrir realidades que podrían contradecir nuestras expectativas, sobre todo si rompe el fundamento de nuestra propia idiosincrasia. Esta mirada profunda y diáfana es esencial para que el pensamiento no caiga en atajos mentales ni en generalizaciones injustas o se convierta en presa de la emoción, el chantaje y la manipulación. Mirar y escuchar se complementan y se funden en un solo acto; libre si lo aíslas del juicio, pero condicionado si lo confrontas con tus pensamientos y creencias. Al integrar ambas habilidades, podemos construir una percepción sólida y completa: honesta. Se necesita humildad y sencillez, pues en este acto te entregas a tu interlocutor; tu libro, tu pareja, la naturaleza, el mundo, la sociedad, la familia; todo lo que te hable y se muestre sin importar las imágenes ni las palabras, el lenguaje o el idioma: una sonrisa, una caricia, un silencio… Los ojos no solo escuchan, también hablan, y los oídos, ellos sirven para acariciar el alma de quien te habla. Esta entrega profunda comunica directamente con el espíritu y trasciende hasta instaurarse como el lenguaje del corazón. Se requiere disposición, humildad y paciencia. Es frecuente que el ego se entrometa y destruya este puente maravilloso que solo los humanos pueden entender. Mientras alguien nos habla, nuestra mente se adelanta y ya esté pensando en la respuesta o en refutar. Escuchar es un acto de rebeldía contra el ego, implica silenciar ese impulso interno para dejar que la voz del otro resuene en nosotros en su totalidad, incluso más allá de las palabras, a través de los tonos, las pausas y las expresiones corporales. “Hay que escuchar hasta lo que no se dice”. El sesgo es culpa del prejuicio, una inclinación o preferencia que puede distorsionar nuestra percepción y, por supuesto: tergiversar nuestra observación degradándola a una simple interpretación vana, mientras que el ego se regocija ridículamente en la quimera de su propia cerrazón. Saber mirar y saber escuchar son habilidades y actitudes de profunda relevancia para quienes deseamos tener un pensamiento claro, complejo y poco sesgado. Y, además: una convivencia cordial y productiva. Cultivar una mirada crítica y una escucha generosa es, en última instancia, abrir la puerta a un pensamiento efectivamente libre, menos condicionado por los prejuicios y más capaz de comprender la vasta complejidad del mundo. Empezando por escucharnos nosotros mimos.