
Monterrey.- Patrullaba su municipio vistiendo sombrero y chaleco táctico antibalas. Se le veía en las calles disciplinando a policías para que no excedieran sus funciones ni anduvieran dobleteando con el crimen organizado, y regañaba a madres de familia para que pusieran en cintura a sus hijos delincuentes. Incluso instruía a sus policías para que ‘abatieran’ a los criminales en el preciso momento en que los sorprendieran haciendo daño a la población. Ese era Carlos Manzo, exalcalde de Uruapan, Michoacán, asesinado el pasado 1 de noviembre.
Así, con la típica imagen de un comandante paramilitar que dirige sus tropas, el edil uruapanense centraba la política de su administración en el grave problema de la inseguridad. Denunciaba airadamente las extorsiones, los cobros de piso, los secuestros, el robo de vehículos, el narcomenudeo y los asesinatos que padecía, y aún padece, la ciudadanía del municipio. Incluso demandaba el apoyo a las autoridades estatales y federales para contrarrestar a los grupos delictivos, pues sus crímenes rebasaban sus facultades legales de actuación.
A pesar de las limitaciones, Manzo y sus agentes lograron decomisos de droga y la captura, el 27 de agosto pasado, de René Belmonte, alias ‘el Rino’, jefe de plaza de Uruapan del Cártel Jalisco Nueva Generación (Infobae, 4/11/2025). De hecho, las recientes pesquisas permiten a las autoridades presumir que el asesinato de Manzo pudo haber sido una represalia directa por ese acontecimiento, pues su asesino material, Víctor Manuel Ubaldo Vidales, parece haber estado relacionado con el CJNG. Además, la Fiscalía General de Michoacán investiga a los guardaespaldas que custodiaban a Manzo, pues después de haber sometido con vida al asesino, estos, sospechosamente, lo abatieron (La Jornada, 11/11/2025).
El porte de Manzo también recordaba aquellas figuras heroicas de líderes de las autodefensas, de rancheros, que hace doce años se levantaron en armas contra el cártel de Los Caballeros Templarios en varias localidades michoacanas. Grupos de autodefensa que, aunque actuaban extralegalmente, sí contaban con la fuerza numérica y la capacidad de fuego suficientes para hacerle frente a ese particular grupo de la delincuencia organizada. Pero en el caso de Manzo y sus policías, estos se enfrentaban a cinco grupos criminales que aún se disputan el control de Uruapan: el CJNG, los Viagras, Cárteles Unidos, los Blancos de Troya y la Familia Michoacana (Aristegui Noticias, 12/11/2025).
Y a diferencia del famoso ‘Grupo Rudo’, una fuerza táctica privada de alto impacto y al margen de la ley, una suerte de guardia blanca, que Mauricio Fernández (†) usó para brindar seguridad al municipio de San Pedro Garza García en Nuevo León, Carlos Manzo no contaba con los recursos presupuestales para organizar una fuerza municipal altamente entrenada y especializada que lo respaldara en su esfuerzo por ofrecer seguridad a los uruapanenses. Era un alcalde pobre y sin acuerdos velados con criminales, pues otra diferencia con Mauricio Fernández es que se rumoraba que, en su momento, este último tuvo un pacto tácito con los Beltrán Leyva.
Con todo y sus muy contados logros ante los mafiosos, Carlos Manzo se hallaba ante a una gigantesca hidra de múltiples cabezas y brazos. Criatura multiforme que también cuenta con profundas raíces sociales en la región, pues de nadie es extraño reconocer que el narcotráfico tiene varias décadas y generaciones de arraigo, aunque nunca antes había desarrollado las diversas y graves afectaciones que hoy en día lastiman a la población en general.
Por esto mismo Carlos Manzo era un partidario de aplicar la “mano dura”, pues abogaba, sin pensar en las consecuencias jurídicas, por el uso abierto y legítimo de la fuerza armada letal en contra de los grupos del crimen organizado, y la cual es una visión muy cercana a las posturas de extrema derecha. Tan era así que muchos críticos lo apodaban ‘el Bukele mexicano’. Pero sus discursos eran ambiguos, acaso cuidadosos. Al mismo tiempo que afirmaba que no quería una guerra –en clara referencia a la fallida estrategia del calderonato–, también decía que apoyaba la acción armada total del Estado contra los criminales. Aunque Manzo recurría a una retórica ambivalente, en el fondo buscaba remover las vísceras de la ciudadanía, pues recurría a una narrativa profundamente emocional.
En 2011 el Gobierno del Estado de Nuevo León publicitó un comercial que invitaba a los jóvenes a enlistarse en su nueva y reluciente corporación policial, la Fuerza Civil; un cuerpo militarizado tanto por su entrenamiento y equipamiento, táctico como por su esquema de acuartelamiento en instalaciones denominadas Campos Policiales. El comercial narraba la historia de un joven cuyo hermano fue víctima fatal de la delincuencia y su ingreso a la Fuerza Civil le brindaba la oportunidad de ofrecer a la ciudadanía la protección y justicia que le fueron negadas a su hermano. De esta manera, el subtexto del comercial aludía claramente de que cualquier ciudadano podía convertirse en un vengador justiciero de la sociedad, con aval y beneficios tanto institucionales como laborales.
Sin duda, los mensajes belicosos de Manzo también apelaban a los hondos sentimientos de venganza y odio acumulados de la sociedad hacia los criminales, apelaban a su desesperación y hartazgo por los agravios padecidos para justificar su política de justicia inmediata, tajante y armada. Justicia encabezada por un líder vengador fuerte y valiente que dirigía a sus policías por calles, caminos y senderos llenos de peligro.
Hace más de diez años escuché a un sociólogo brasileño hablar tanto de la complejidad social que manifiestan las redes del crimen organizado en las favelas de Río de Janeiro, así como sobre su indiscutible control territorial de las barriadas. Y aunque él era muy crítico de las controversiales acciones del BOPE (Batallón de Operaciones Policiales Especiales) en Río –como la reciente ‘Operación Contención’ en Penha y Alemão contra el grupo criminal Comando Vermelho y que derivó en 132 muertos–, este mismo especialista aceptaba el hecho de que la acción táctica armada era fundamental, como primer paso necesario, para pacificar a las favelas y devolver el control de esos espacios a las instituciones del Estado. Ante esto la pregunta clave era y sigue siendo: ¿cómo desplegar, entonces, la fuerza armada del Estado?
Por un lado, tuvimos la experiencia en 2006 del Operativo Conjunto Michoacán, ordenado por un Felipe Calderón vestido de militar, donde se usó al ejército mexicano para buscar y combatir directa e indiscriminadamente a los criminales, con terribles saldos de violaciones a los derechos humanos entre la población civil y un incremento exponencial de los homicidios; operativo sin fundamento constitucional que así, sin más, asumía el inevitable costo de provocar ‘daños colaterales’. Inclusive se rumoraba que la orden directa dirigida a militares y policías era la de “matar en caliente” a los delincuentes.
Por otro lado, tenemos al actual Plan Michoacán por la Paz y la Justicia de Claudia Sheinbaum, en el cual, además de atender las problemáticas sociales asociadas a la inseguridad, también privilegia el uso de la disuasión presencial por parte de las fuerzas de seguridad, así como la coordinación, la inteligencia y la investigación para realizar, con estricto apego a derecho, operativos tácticos quirúrgicos, milimétricos, para la captura de actores clave generadores de violencia.
Carlos Manzo criticaba la política de ‘abrazos no balazos’ de los gobiernos de la 4T, pues no entendía o minimizaba su profundo sentido antibelicista, en claro contraste con la guerra calderonista, caracterizada por provocar generalizados combates armados callejeros en muchos puntos del país durante varios años. Para Manzo no era suficiente que los delincuentes fueran ‘acusados con sus mamás y abuelas’ para que se portaran bien, había que hacerles sentir toda la fuerza y el peso avasalladores del Estado.
Así, en divergencia con la actual política nacional de seguridad, Manzo construyó la imagen del héroe bueno, valeroso y solitario que, al menos discursivamente, se enfrenta “a balazos” con los malvados criminales. Narrativa política que enaltecía la figura del ‘Juan sin miedo’, muy naturalizada en nuestra cultura popular. Una ficción maniquea de cuento de hadas que llevada a los hechos, en el mundo real, produce proporcionalmente más víctimas que ídolos. Y es precisamente un ídolo, con características desmedidas, lo que ahora quieren erigir los oportunistas de la derecha opositora en torno a la trágica memoria de Manzo.
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